Seguramente conozcas la historia del patito feo. Pues ese patito era yo. Una niña que nunca encajó por ser distinta y percibir la vida de una forma diferente. No era solo sensibilidad, sino una forma de percepción más profunda de lo que ocurría a mi alrededor. Esa niña de reflexiones transcendentales pasó a ser una adolescente con sueños premonitorios, que veía, sentía, oía y olía cosas que los demás no. Y siempre ocurría lo mismo: se acercaban a mi personas con grandes heridas internas, heridas del alma.
Con el tiempo, esa forma de percibir me llevó a atravesar procesos intensos de búsqueda y transformación personal, intentando comprender lo que vivía y lo que sentía.
Fue durante los más de diez años que viví en Londres, cuando empecé a entender con claridad quién y qué era, pudiendo comprender y darle sentido a muchas de las experiencias que había atravesado. Spoiler: ¡Era un cisne!
Hoy trabajo con personas de todas las edades. Algunas llegan con un problema muy concreto, otras simplemente se sienten confundidas.
A todas las recibo igual: con tiempo, escucha, compasión y sin juicios.